La piel tiene memoria

Ahora que se acerca el verano, hay que recordar una vez más lo importante que es proteger nuestra piel. Aplicarse crema protectora 30 minutos antes de exponerse al sol, evitar las horas más críticas, usar ropa clara…Son pautas que nos aconsejan para tomar el sol sin riesgos. Pero debéis saber a parte de estos consejos tan importantes que ocurre dentro de nuestro organismo cuando descuidamos nuestra piel y no la protegemos.

En más de una ocasión habréis escuchado que nuestra piel también tiene memoria, y aunque  se recupera después de una quemadura solar hay que tener muy presente que la piel no olvida los daños sufridos. Los excesos solares que hoy en día se cometan, a la larga acaban pasando factura.

La piel está compuesta por la epidermis, dermis e hipodermis. En la superficie cutánea, se encuentra la epidermis. Es la capa de la piel con mayor número de células y está formada por melanocitos entre otros. Los melanocitos son células que se encargan de la melanina, que a su vez, es la responsable de aportar color a la piel y protegerla de radiaciones solares como los rayos UV-A. En la dermis se encuentra el manto o film hidrolipídico. Está formada por las glándulas sudoríparas (fabrican el sudor) y las glándulas sebáceas (segregan sebo o la grasa). Éste film se encarga de evitar que la piel se seque, le aporta flexibilidad y la bloquea de penetración de gérmenes externos. La tercera capa, la hipodermis, sirve para almacenar energía y como aislante térmico.

Las consecuencias de alterar las tres capas van desde provocar una irritación cutánea hasta enfermedades graves de la piel.

Cuando las radiaciones UV-A y UV-B penetran muy por debajo de la capa más profunda de la piel,  alteran la temperatura de la piel hasta 42 grados. Sin embargo, es un calor que no aumenta la temperatura de la superficie de la piel por lo que no nos damos cuenta del daño que nos estamos produciendo a nosotros mismos. ¿El resultado? Las células sanas se ven afectadas y dañadas y provocamos un envejecimiento prematuro de nuestra piel. Aquí es cuando debemos concienciarnos de la importancia de utilizar un protector solar. 

Con protección, el bronceado puede llegar a ser más lento, pero nuestra piel está a salvo de efectos nocivos para nuestra salud. No obstante, sin protección, conseguimos un bronceado más fácil y a la vez, aumentamos el riesgo de sufrir un posible cáncer de piel o de arrugas antes de tiempo. Además, debes saber que no por permanecer más horas al sol, vas a obtener un mayor bronceado. Nuestro cuerpo tiene una predisposición genética, y cuando llega a ese punto no aumenta nuestro bronceado. Toma el sol con precaución y sin miedo a posibles efectos adversos.